Era el primer día que estuvimos en España. Para conocer mejor el ambiente fuimos a caminar. Por la tarde el viento marino, el calor del día y el espíritu español nos dieron tanta hambre, que sin duda alguna entramos a un bar pequeño cerca del mar con muchas ganas de probar algo típico español. Mi amiga más conservadora y tradicional decidió pedir algo que sabía, patatas fritas y salchichas. ¡Pero yo no! Con todo el entusiasmo de la aventura estuve estudiando el menú sin saber ni una palabra en español. Finalmente decidí pedir gazpacho. En mi imaginación tenía que ser algo grande, con mucha carne, algo como “macho-gazpacho”, tenía un hambre terrible. Puede imaginar mi sorpresa, cuando me trajeron un tazón de caldo, más dietético que de carne, y un plato de tostadas. Sin muchas ganas lo decidí probar, la sensación era como comer del hondo del zumo de tomate con cuchara, además no supe que hacer con las tostadas, eran bastante duras para comer sin nada y después de algunos intentos, cundo me pareció como un cascanueces, lo dejé. Mirando a mi amiga, quien con mucho gusto estaba terminando su plato pensé que, probablemente, a veces demasiado entusiasmo no es útil...Al mismo tiempo dos chicos de la próxima mesa estaban mirándonos con cierto interés y cuando deje mi plato con una cara agria, uno de ellos me empezó hablar algo, probablemente explicando la manera misteriosa de comer gazpacho. Este vez mi entusiasmo estaba muy bajo y no entendía nada de lo que me quería decir. Pero, con paciencia me sigo explicando, cuando se levantó, se acerco a nuestra mesa y con su ejemplo me demostró todo.
En un golpe vertió todas las tostadas en mi tazón con caldo, mezcló y me pidió probar. En verdad, sus acciones eran tan repentinas, y como era una sardina típica nórdica no sabía como actuar adecuadamente, estuve simplemente mirándolo con sorpresa. En ese momento, mi maestro perdió su paciencia, tomó mi cuchara y el se lo comió!